SECCIONES

Inicio

INFORMACIÓN

Arte
Capitulo 1
Capitulo 2
Capitulo 3
Capitulo 4
Capitulo 5
Capitulo 6
Capitulo 7
Capitulo 8
Capitulo 9
Capitulo 10
Capitulo 11
Capitulo 12
Capitulo 13
Capitulo 14
Capitulo 15
Capitulo 16
Capitulo 17
Capitulo 18
Capitulo 19
Capitulo 20
Capitulo 21
Capitulo 22
Capitulo 23
Capitulo 24
Capitulo 25
Capitulo 26
Capitulo 27
Capitulo 28
Capitulo 29
Capitulo 30
Capitulo 31
Capitulo 32
Capitulo 33
Capitulo 34
Capitulo 35
Capitulo 36
Capitulo 37
Capitulo 38
Capitulo 39
Capitulo 40
Capitulo 41
Capitulo 42
Capitulo 43
Capitulo 44
Poemario
Fotos
Epilogo

Imaginemos a O’Brien, en tiempos de grandes cosechas. Cuando ello ocurría, era muy grande el afluir de hombres y mujeres desde distintos lugares del país. En los primeros años del nacimiento del pueblo llegaban de Europa también; eran los inmigrantes golondrinas que trabajaban duro y parejo para ganar en América un salario que les permitiera paliar el hambre y la miseria que entonces era tan común en su tierra natal, y sobre todo en Italia del Sur. Allí la campiña era muy pobre y grandes latifundios improductivos cerraban toda posibilidad de trabajo remunerativo. La cosecha de trigo se hacía con hoz y a mano, engavillándolo y formando parvas que luego se trillaban con máquinas a vapor. Pero antes que estas aparecieran, se pisaban las espigas con caballos y se recogía luego el grano a mano. Con el maíz ocurría otro tanto. Hasta 1960 se levantaban a mano. Recuerda quien esto escribe, que en Las Petaquitas se reunieron en cierta ocasión hasta 300 juntadores con sus familias que realizaban este trabajo bajo las órdenes de JUAN DELUCCIS. Hechas las trojes de maíz, luego se desengranaba y embolsaba.
Los chacareros que debían dar su porcentaje avisaban a quien correspondía, que este trabajo estaba realizado y listas las bolsas; estas se separaban marcándolas con blecke con la marca de  la Estancia. En Las Petaquitas, hacía este trabajo de gran responsabilidad ANGEL STOCCO, y muchas veces lo acompañamos –dice Quesada- en su sulky, mientras hacía este aparte. Luego era necesario transportar estas bolsas hasta los galpones de la estación para lo cual se contrataban las famosas chatas o se usaban las propias, según las necesidades de cada uno. Cada chata era arrastrada por cuatro caballos con sus laderos y a veces, otros que tiraban de los ejes de las ruedas delanteras. En épocas en que se utilizaba este transporte se las oía pasar, escuchando a su ves el tintineo de los cencerros y el ruido tan característico de las ruedas sobre la arena. Y había que ver como quedaban los caminos...!. eran las épocas en que los pocos autos que circulaban se empantanaban en os arenales sueltos, producido por los cuentos de ruedas de chatas que continuamente pasaban. En el verano en las noches claras y serenas de luna llena, se oía de lejos el pasar de las chatas, mientras el dormilón cantaba su acompasada melodía tristona. Es un recuerdo imborrable de nuestra niñez; quién no la oyó, no puede imaginar cuan dulce y romántica era toda esa época, diametralmente opuesta a la que se vive en estos días.
Pero si bien el lado que hemos recordado despierta evocaciones placenteras, existía una realidad mas peyorativa y materialista que no nos es dable olvidar. Eran los chateros un gremio de gente sacrificada. Debían tener sus caballos en condiciones muy buenas para que aguantaran la zafra. Para ello debían de agenciarse de buen campo de pasto. Y en plena faena dormían muy pocas horas pues estaban de continuo sobre sus chatas. Así generalmente se levantaban a las 12 de la noche y si se acostaban entre las 8 y las 9 de la noche siguiente podían darse por contentos. Sus caballos descansaban más que ellos.
En un principio se llegaba a los galpones de  la Estación por cualquier calle del pueblo. pero en época de lluvia o de seca, esto producía un deteriodo espantoso en sus calles. Si llovía, los pantanos que se formaban por doquier (sabemos que casi todo el pueblo es un bajo) imposibilitaba el tránsito de todos sus habitantes. En caso contrario, el arenal suelto también empantanaba y al menor viento producía nubes de tierra que obscurecían la visión. Recordamos como en os días ventosos se veían pasar por el cielo enormes masas obscuras de polvo. Para evitar esto, el Delegado Municipal ITUARTE, dispuso el 9 de mayo de 1944 la prohibición terminante de la circulación de chatas, cargadas o vacías, por  la Avenida O ’Brien y Calle San Patricio, pudiéndolo hacer por cualquier otra. A los infractores se les cobraría una multa de DIEZ PESOS o DOS DIAS DE ARRESTO por desobedecer esta disposición. Pero, según recuerda BASILO JORDY, que la calle más usada para este tránsito, es la actual Bowen y que entonces era conocida como “ LA CALLE DE LAS CHATAS”. Tenemos una lista de estos chateros, mucho de los cuales debieron tener varios de estos carros. Ellos eran: MANUEL ALFONSO, JUAN TAMBORÍN, ROMULO RODRÍGUEZ, JUAN ARTANO, ANGEL MANZIONE, VICTORIO MANUEL BISSIO, LUIS BARETTA, ANGEL POLAROLO, ANTONIO JIMÉNEZ, PEDRO COSMA, ANTONIO ROSSO, MARTÍN BIANCHI, ISMAEL PEDRO ALICE, JOSE CASTELAO, MIGUEL F. BIANCO, SANTOS NERI, SANTIAGO LUCERO, JUAN D’ANGELO, JOSE M. ARÉVALO, JOSE BRACCO, CIRILO ABETTE, DOMINGO BOSSOLASCO, AGUSTÍN CARTÓN, TOMAS RIVA, BARTOLO GALLO, RICARDO HEFFLER, MARTÍN TERRUZZI, RODOLFO ROBERTO CAVENAGHI, PABLO SCHMID, JUAN HEFFLER, ERNESTO BASILE, EMILIO TAGHON, JOSE O’KEFFE, MANUEL RODRÍGUEZ, PABLO HEFFLER, ALEJANDRO ACOSTA, FELIPE FUNES, GUIDO BERUTTI, RAMON PERALTA, DOMINGO BOTTA, ADOLFO PERALTA, NORBERTO SOTELO, ANTONIO LUCERO, JUAN FUNES y FERNANDO ZARCO. Un cuaderno llevado por Pepe Unchalo, da cuenta de los acarreos efectuados por JUAN ALTEAR, ANTONIO LUCERO, JUAN Y FELIPE FUNES y FERNANDO ZARCO. Un viaje salía de  130 a 150 pesos, ignoramos si la diferencia es por cantidad de bolsas o distancia. En uno solo de los chateros; Zarco, están anotadas las cantidades de bolsas traídas; así, a DOMINGO MIRI, se le cobró 400 pesos por 110 bolsas; CARLOS TAGLIERO por 100 bolsas 333,00 pesos, a PEDRO MOLEA, por 95 bolsas 227,00 pesos, a SALVADOR CITATE por 120 bolsas 366,00 pesos, a ISIDORO CAVENAGHI por 100 bolsas 291,00 pesos y muy larga sería la lista. Las Petaquitas, como producía mucho cereal, aparece en numerosas ocasiones. Estas anotaciones de Pedro Unchalo corresponden a los años 1951/59. Nos narraron con relación a las chatas de transporte de bolsa de cereal, que desde Irala y hacia O’Brien, estos vehículos traían uva a un fabricante de vino en O’Brien, son muchos los interrogantes en este aspecto pues la línea férrea de v llega hasta mendoza y entonces no sabemos porque la uva se descargaba en Irala (Esto sucedía en los años ’32 al ’34) y no en nuestra Estación de F. Carril, pues llegaba en forma directa; otra de las preguntas es en que forma vendría la uva en chatas –es decir cual sería su envase o forma de enviarla- pues en una ocasión y debido al mal estado de los caminos, volcaron varias de estas chatas y la gente se hartó de comer uvas; y luego nos preguntamos quien sería el fabricante de vino en O’Brien en esos años ...?, este dato no lo fue proporcionado por ZUNILDA LEYS, que vive actualmente en Morse y lo sabe a través de su padre (ya fallecido) que era uno de los que transportaba esa uva, pero no recuerda quien recibía aquí para hacer el vino. Algún viejo vecino recordará estos nombres...? Basilio Jordy, apasionado por las viejas casas de un O’Brien pintoresco y casi lejano, nos hace una semblanza de la calle de las chatas; calle que atravesaba su barrio: “...recuerdo de mi niñez, y estoy hablando de hace 60 años, halla por 1934. eran tiempos de cosecha. Me sentaba en el umbral de la puerta de mi casa, hoy propiedad de  la Familia de Juan Bautista Montaiutti, y veía pasar las caravanas de chatas cargadas con cereal destinados a los galpones del Ferrocarril. Entraba toda la cosecha de la zona norte de los galpones de almacenaje. Yo tenía admiración por los nobles animales que producían una cantidad enorme de fuerza para llevar una carga tan pesada. La caballada de una chata estaba compuesta por 10 animales; un basero, 5 cadeneros y 4 cincheros. Los cadeneros tiraban con pecheras y los cincheros tiraban con cuartas del eje delantero de las chatas. Tan vez mi memoria me falle y me olvide de algún chatero. No recuerdo los nombres pero si los apellidos. La mayoría de ellos vivían en el Barrio Villa Elba. Los ARÉVALO, CANO, LUCERO, JIMÉNEZ, FUNES, PAGOLA, SOTELO, MENDOZA, ALTEAR, ESPINDOLA, PERALTA, CORONEL. Las chatas las conducían primero los padres y después los hijos. A estas chatas se unían la de los chacareros. La esquina de Rivadavia y 9 de Julio, actual propiedad de Cristiana de Bonora, Calavia, Orejon y Molea, en aquella época era Casa de Zapateiro Y Bede con ramos generales y acopio de cereales. Con su despacho de bebidas eran lugar de reunión obligada de todo los chateros de O’Brien con el natural convite de copas. Unos iban a cobrar el viaje y otros a retirar la orden de carga para el otro día. También Patricio que hace cruz con la escuela 20. otra casa de acopio de cereales y ramos generales era  la Casa de Arias, en la actualidad CONFECCIONES O’BRIEN. El nombre de “la calle de las chatas” lo pusimos nosotros, todo los chicos del barrio que después con los años se llamó “CORAZON”. En el año 1934, esta calle era reunión de todos los chicos del barrio los VAZQUEZ, REMOLE, GAUDINO, JORDY, ZANELLA, FERNÁNDEZ, CONTRERAS, CALAVIA, DEGALLIO, PUGLIESE, JIMÉNEZ y otros más que escapan a mi memoria.
Como en aquellos años el tránsito era muy reducido, utilizábamos la calle como cancha de fútbol. El nuevo edificio de  la Delegación Municipal , frente a la plaza, se inauguró a fines de 1938. Antes, el municipio alquilaba una casa ubicada en la esquina de Bowen y Moreno que en la actualidad pertenece a la familia QUINTEIRO. Su Delegado Municipal fue al principio Juan Unchalo que falleció el 14 de mayo de 1939. esto lo recuerdo porque ocurrió un día después de mi cumpleaños número 12, el 13 de mayo de 1939. en el verano de 1939, el día no lo recuerdo, como a las siete de la tarde, O’Brien se conmocionó: se produjo  el primer choque en la “calle de chatas”, justo frente a  la Delegación Municipal vieja. Fue entre un auto Ford modelo ’35 del señor ROQUE O’KEFFE con el SULKY de  la Sra. de ANTONIO APADULA. Todos los chicos del barrio que estábamos jugando al fútbol, presenciamos el choque. Pero también estábamos acostumbrados a presenciar accidentes cuando algún sulky se disparaba y chocaba con otro sulky de los que estaban atados. Eso era natural, porque en aquella época circulaban por O’Brien más de cien sulkys...”. Recuerdos que despiertan las viejas chatas, hoy todo una leyenda.