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Poemario
Fotos
Epilogo

En los recuerdos de su niñez relatados por Juan R. D’Ángelo, se contaron las andanzas del loro Pedrito, propiedad de  la Directora de  la Escuela N ° 23, Doña Lía de Sala; en realidad, las anécdotas producidas por este animal son tantas y algunas tan inverosímiles que hasta cuesta creerlas; pero francamente, parecía más que un pájaro un ser humano con forma de tal. Los que lo conocieron me pidieron que hablara de el; cuando yo o hice en primera instancia, jamás pensé que este ejemplar iba a pegar tan fuerte en la curiosidad de la gente; yo, radialmente, hable de Pedrito como si hubiese sido humano y como tal contaré algunas anécdotas. Este loro era tan “rápido”  para las decisiones, como boca sucia y mal llevado. Con toda seguridad, producto este de su  diario contacto con los pibes y la gran cantidad de las cosas que nosotros le diríamos. Por esto y por su afán de cantar todas canciones que se estilaban entonar en las flechas patrias, su dueña, en este caso la directora dos días antes de los festejos patrios que se llevaban a cabo en la escuela lo encerraba en un baño que tenía al fondo de una galería. Los gritos y las maldiciones que este pajarraco pegaba dentro de ese baño, francamente nos hacían desternillar de risa. Era tan inteligente que ya se imaginaba que habría algún festejo por el movimiento de los preparativos. Por eso cuando lo encerraban comenzaba enseguida a gritar. Las cosas que decía, iban desde ...”pobre Pedrito, se muere, se muere...” hasta las malas palabras mas gruesas y hermosas que yo haya escuchado jamás en el pico de ningún loro. Pasada la fiesta lo sacaban y lo primero que hacía era subirse al árbol más alto y desde ahí nos insultaba a todos; era su maldición preferida: ...”hijos de tal por cual”. Cuando Doña Lía se fue de O’Brien, no se a quien se lo dejó, pero al poco tiempo fue a parar a mi barrio; su destino fue la casa de Doña Ramona Mistretta. Allí, el loro marcó otra época sensacional: como venía con una gimnasta bárbara en cuanto a picardías, se subía a la terraza de la casa y el silbaba a todo aquel que pasaba por la vereda de enfrente. El tipo se daba vueltas y vueltas tratando de ver quién silbaba , por supuesto, no lo descubría, y cuando se alejaba bastante el loro largaba una carcajada  aguda  que era para una película. No se lo que voy a vivir, pero creo que no encontraré jamás un bicharraco tan inteligente y boca sucia como este. Se murió en mi barrio, y con el, se murieron un montón de anécdotas de mi vida de purrete; las canciones patrias cantadas por Pedrito o las poesías que casi se sabía completas de memoria; del mismo modo, que se murieron un montón de cosas cuando vi que demolían la vieja escuela Nacional N° 23. Me dio tanta tristeza, que agarre una cámara fotográfica  y saqué varias fotos; curiosamente después nunca las quise mirar.
Mientras todo esto sucedía, termino mi primaria; comienzo otra etapa de estudios pero no aquí ; no había secundario en O’Brien y me fui a Junín a estudiar . Pero de eso no hablamos, sino de alguien que hizo que yo sintiera amor por la  música ; se llamo PEDRO FORTI, el cura párroco de entonces y había fomentado la creación o mejor dicho la prosecución de  la Banda de Música Parroquial/Municipal. Nuestro padre tocaba el tambor en esa banda, que realmente era muy buena; su director en ese momento ASENCIO ZARCO, que tocaba la trompeta y hacía los arreglos instrumentales. El ingreso a la banda –repito- lo hice a instancias del Padre Forti, quién un día fue a casa con Zarco y me dijo si no quería entrar; tenía yo 11 años. Comencé a aprender teoría y solfeo, pero un buen día faltó un redoblante en la banda y me enchufaron a mi. Comencé a ensayar este instrumento y me gustó. Un buen día me dice el director que el 25 de mayo tendría que tocar en los actos de la plaza. Me parecía mentira estar tocando al lado de papá. Pero había un problema: tenía el puesto de abanderado en la escuela y tenía que desfilar con los chicos. El cura habló con la directora y un 25 de mayo de 1953, cambié la bandera por un par de palillos y un redoblante. Que días hermosos los de la bandera; los ensayos eran una fiesta. Había entre los ejecutantes, músicos de Junín. Quiso el destino que cuando me tocó la colimba, tuve como a uno de los suboficiales a cargo de una sección, a un hijo de uno de ellos, el hijo del gringo Giaccobi, que en la banda tocaba el clarinete.
Una de las marchas que más me gustaba tocar, era una militar con aires (se me ocurre a mi) de mucho Jazz, se llamaba “QUIERO GRAPA”. Nunca supe quién fue su autor ni tampoco el porque de ese nombre; los temas populares eran también mi predilección: “Caminito”. “ La Candelaria ”, algún pasodoble y otros tangos que la banda siempre me emocionaron: cuando saludábamos a la bandera al izarse en el mástil y el Himno Nacional: otro: cuando tocábamos “Aurora”; confieso que a veces se me endurecían las manos y no podía moverlas; del mismo modo me ponía cuando venía desfilando mi escuela hacia el lugar de ceremonia y los saludábamos con alguna marcha. Esos momentos irrepetibles no tienen ni tendrán precio; además esas emociones de pibe son imborrables. De ahí, a pasar a una orquesta fue solo un paso. Un día aparece en casa Azencio Zarco y le dice a papá que el baterista de la orquesta que el dirigía en Bragado se iba a la colimba, que encima era marina y que debía estar, por supuesto, dos años bajo bandera. Mi viejo me miró, yo me hice el otario y quedaron ellos hablando; para hacerla corta, desde ese día y con 12 años empecé a ser músico pago. Conocí al gordo Alfaro, que era a quien suplantaría yo, y empezamos a viajar a Bragado para ensayar, me parecía que iba al Japón cada vez que salía de casa un día de semana; fueron épocas  maravillosas. Los fines de semana, parábamos en una casa de la calle 12 de Octubre en Bragada propiedad de los Alfaro, calle que en esa época era tierra. Curiosamente no aprendí a fumar ni a tomar, cosas que tenia prohibidas, en este caso por Zarco, por orden de papá. La música empezó a formar parte de mi vida junto con los estudios secundarias en Junín. QUE EPOCAS MI VIEJO...!. Eran tiempos de bailes con típica y Jazz; con conjuntos que salían a tocar sin equipos de sonido ni instrumentos eléctricos; todo a pulmón, pero con horas y horas de ensayos. Nuestro director era más que estricto con nosotros. No se perdonaba ni el cuando erraba. Pero gracias a este trabajo conocí a muchos grandes en los bailes en que venían típicas importantes a Bragado y la zona. Nosotros éramos lo que ahora se denomina “soportes” pero haciendo solamente Jazz; así actuamos junto a Alberto Morán con Armando Cuppo; Alfredo De Angelis con Dante y Larroca; Alfredo Gobbi con Alfredo del Río; Héctor Varela con Ledesma y Lessica; Osvaldo Pugliese con Montero y Maciel y la ves que debuto Belusi con Pugliese en Bragado; Alberto Castillo con la orquesta de Condercuri y los negros candombero; Donato Racciatti con Nina Miranda  una vez y con Olga del Grossi y Víctor Ruiz en otra; Rodolfo Biaggi con Hugo Duval; Los Señores del Tango con Serpa y Pomar; Oscar Alemán en un baile en que también hicimos Jazz en la pista de Marino. Nos daba calor mostrar lo nuestro con semejantes monstruos; José Basso con Floreal y Belusi y hasta una vez tocamos y llegué a conocer siendo muy pibe y dando los primeros pasos en la orquesta, al viejo Roberto Firpo con su cuarteto. Fue en San Emilio y en un momento dado, el viejo entusiasmado con el tango, pegó un manotazo al aire para rubricar un compás y se le cayó el peluquín. A otro que conocí fue a Requinto González (llamado artísticamente así, pues el requinto era su instrumento) fue en un baile en el Club Americano, en Bragado, hoy desaparecido. Me parece mentira todo esto y cada vez que programo a alguno en la radio, me pregunto si alguna vez existieron. Me quedo sin conocer a un grande que fue y será mi más grande admirado junto a Pichuco: Carlos Di Sarli. A Pichuco lo vi varias veces pero nunca hicimos dupla con su orquesta. El último destino que tuve en una orquesta fue en el conjunto “LOS PRINCIPES” junto a Nacho Maenza, Pocholo Candela, Leopoldo Benitez y Paco Atadía; en este conjunto también actuaron Angelita Miri y Norma Grancella. Unos meses antes de formar este conjunto había pasado por “THE FOUR STAR” (Las cuatro estrellas), que dirigía Raúl Parentella, en bragado; músico este que luego haría gran carrera en Buenos Aires. Después de mi paso como músico seguí siempre en O’Brien, trabajando y estudiando, pero también dedicándome a la dulce tarea de la vagancia. Empecé a conocer a muchos personajes que se agregarían a los ya registrados; y mirá que había para elegir... se me olvidaba mencionar, que a otra de las grandes orquestas con las que actuamos fue la de Edgardo Donato, en este caso en Los Toldos; Donato, el mismísimo autor del tango “El Huracán”. Fue en el prado no se si Italiano o Español, pero en ese lugar edificaron un gran colegio. Uno de esos ejemplares para una historia en particular, quiero decir para protagonizar una gran historia, fue el Tallarín Grancella, “El Flaco Tallarín” a quien llegué a conocer cuando ya tenía sus años. Lo vi por primera vez en la cancha de paleta, lugar al que voy desde que tenía 11 o 12 años. Por supuesto, siempre “colgado” y “escapado” pues a los pibes, los padres (por lo menos los míos) y los canas que siempre vigilaban los lugares donde se jugaba plata, no nos dejaban ni acercar. Al Flaco nunca lo vi jugar a la paleta, dicen los que lo vieron que jugaba muy bien aunque en realidad jugaba bien a cualquier cosa; a las bochas, al billar, la paleta o los naipes; incluso, milongueaba una barbaridad y hasta lo hacía por plata. Era un lujo verlo en las milongas y también, según me han contado montones de veces, en los famosos “lugares de diversión”, donde el flaco era todo un personaje, manejando además “algunos negocios” digamos particulares. A su figura, me la acuerdo de traje gris, pañuelo al cuello, zapatos negros y sombrero al tono; elegante el flaco pero la cara lo vendía. Yo me reía mucho con el viéndolo jugar al mus; me han contado un sin fin de historias del flaco, muchas no se pueden poner en el libro, eso si: nunca laburó en “forma continua”, pero créanme, el flaco Tallarín, era todo un gran valor. Pero al transcurrir del tiempo iría descubriendo a personas que serían inolvidables par sus actitudes y filosofías de vida; al hacer un racconto de los hechos vividos junto a ellos, me doy cuenta a la distancia que eran los personajes sin cuento. Era imposible ver un partido de fútbol donde jugara Juventud Unida o Villa Tranquila sin escuchar los rezongos de Nano Funes; una cena de los lunes o viernes en el Bar de Marino, era la cita obligada para oír los comentarios de actualidad, a cargo del Bocha García y el Comadreja Jerez; solo el político más pintado en la actualidad sería capaz de igualarlo al Bocha cuando se largaba su sarta de disparates y discursos. Sus interlocutores válidos, invariablemente, eran el Comadreja y el Bocón Ausejo. Otro, de inolvidable recuerdo lo fue el “Tuto” Ibarra, hombre de gran bondad y de un sin fin de anécdotas. El Tuto comenzó a irse de a poco, cuando murió muy joven su sobrino, El Pocho, aquel que nos regalara una noche increíble de boxeo con el loco Lencinas; las largas charlas con Tuto son inolvidables; las carcajadas que a el le debo junto a sus cuentos, estarán siempre presentes. Hubo tantos, que casi es imposible nombrarlos a todos. No puedo dejar de recordar a Miguelancho, el Huguito Lombardi, al Atorrante Rumi; al Indio Amaya, al Flaco Damasio, al entrañable Ismael Casas, al Pollo Ferreira (que aún circula), al viejo Zenon Altear; las broncas y curdas del Lipe en la cancha de paleta, toda la pobreza, la ingenuidad y la bondad de Opo; la estampa de Lara García cuando jugaba al fútbol, como así también jugando a los naipes o las bochas, el viejo José Palmeiro con toda su alegría de vivir; al Isma Alice, que sigue tan eléctrico como cuando lo conocí hace cuarenta años; el Negro Emilio, nochero y tanguero, siempre con un “vidrio” en la mano, o al Raúl Echeverría cantando tangos, el Tuco López y sus cuentos; o Fin Marino, haciendo comidas explosivas. Todos ellos, unidos alguna vez, en algún discurso improvisado por el Monito Motta, a quien todos, ABSOLUTAMENTE TODOS, le quedaban debiendo las risas y carcajadas generadas por su manera de hablar y su comicidad a flor de labios ...Que si hay más...? claro que hay; es que siempre los habrá. Ellos –los personajes- no pueden dejar de estar o de nacer. Como olvidar las broncas incomparables de Ramón Echeverría...?, o la pachorra el moño de Don Eulgio Luna atendiendo la carnicería...?, o los cuentos y mentiras del Rengo Beneitez...?. Quien podrá olvidar las cátedras de fútbol que daban el viejo Alegre, Pedro Galván y Luis Capeans...? o la voz potente del Vasco Choperena, que despertaba al barrio a las 5 de la mañana...?, pero claro que hubo muchas más, pero un día, en la radio, cuando leí la historia de mi vieja escuela N° 23, casi tengo que llamar a otro para que termine el programa, no quiero que hora, venga otro a escribir este capítulo por que la emoción no me deja hacerlo a mi. Los personajes, los recuerdos, el pueblo, la gente; y la vida, que de puro engrupida te los muestra y te los lleva;... y así, se fueron milongueando el Beto Casazza, que seguro estará en algún concurso con el Tero Montaiutti, su entorno rival en las milongas, por esos recovecos de los cielos; o el Cañón Montaiutti, charlando de sus cosas; ...claro que hay más... no te olvides que alguien, alguna vez, dijo que O’Brien era el paraíso de los locos. Sabes una cosa...? ese tipo no le erró ni un cachito. Ya lo dijo el viejo Fapitalle, una vez que le tocó perder en una partida de golf: la vida es una partida solamente una milonga bien o mal bailada; los personajes, de esto, saben un montón.
Y los personajes seguirán produciéndose, a pesar de la mishiadura y los bolsillos flacos.