SECCIONES

Inicio

INFORMACIÓN

Arte
Capitulo 1
Capitulo 2
Capitulo 3
Capitulo 4
Capitulo 5
Capitulo 6
Capitulo 7
Capitulo 8
Capitulo 9
Capitulo 10
Capitulo 11
Capitulo 12
Capitulo 13
Capitulo 14
Capitulo 15
Capitulo 16
Capitulo 17
Capitulo 18
Capitulo 19
Capitulo 20
Capitulo 21
Capitulo 22
Capitulo 23
Capitulo 24
Capitulo 25
Capitulo 26
Capitulo 27
Capitulo 28
Capitulo 29
Capitulo 30
Capitulo 31
Capitulo 32
Capitulo 33
Capitulo 34
Capitulo 35
Capitulo 36
Capitulo 37
Capitulo 38
Capitulo 39
Capitulo 40
Capitulo 41
Capitulo 42
Capitulo 43
Capitulo 44
Capitulo 45
Capitulo 46
Poemario
Fotos
Epilogo

Queremos perseguir este capitulo con quienes se instalaron con casas de negocios y cuyo recuerdo permanece en la memoria de actuales residentes a quienes agradecemos estos datos, en especial Pancho Fernández cuyo excepcional memoria ah servido para dilucidar muchas incógnitas.
El ramo de ”HERRERIA” fue muy importante en la zona dada de gran cantidad de carros, chatas y sulkys existentes, único medio de movilidad en esos años. El primer herrero instalado fue JUAN PECOLLO en el lugar en que actualmente esta el BANCO DE  LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES; esta propiedad fue luego de MANZANERO y mas tarde se instaló la farmacia de JUAN del MORAL, riojano de origen. Pecollo se mudó a otra propiedad frente al actual Club Juventud Unida. Herreros fueron también CASIMIRO ELUSTONDO, padre de las señoras del Olmo (Celina) y de Quico Echeverría (Emilce). Que daba a espaldas del Bar 25 de Mayo donde ahora está la propiedad de la familia de SEVERINO RODRÍGUEZ. Otros herreros fueron FLORENTINO DIAZ, ANTOÑO ROMERO (el andaluz) y MARTÍN AVELLAN.  El primer zapatero fue PEDRO QUAGLIA (padre del peluquero, llamado igual que su padre) este negocio se llama “ LA BOTA ”. El ramo TALABARERIA tubo varios negocios: el primero fue el perteneciente a su negocio se llamaba “ LA NACIONAL ”; con el correr de los años ENRIQUE D´ANGELO se dedicaría, hasta su muerte en mayo de  1994 a este rubro. No podemos dejar en el olvido a un  personaje que era popular en el pueblo; nos referimos a JUAN SCIANCA, más conocido como ”YOANIN”. Fue peluquero (se cree en el primero) pero por sobre todas las cosas era un infatigable cazador de perdices. Lo hemos visto muchas veces con su morral buscando presas. Pero ya viejo no las veía y se les escapaban de entre los pies. Era bajo, con gran bigote, llevaba gorra de vascos y enormes botas regalo del doctor Elías; su pariente GERARDO SPERA era también cazador de profesión. Cierta vez y por accidente fatal, mató una persona. Ignorando las leyes argentinas se vio con desesperación encerrado en la cárcel para cumplir una larga condena. El doctor Elías lo salvó de ella. O´Brien fue la de INOCENCIO CALAVIA. Llegado de España en 1914, se avecinó en O´Brien cinco años después, previo paso por Los Toldos y San Emilio. Instalado en un principio en el Barrio de Las Ranas en una de las viejas casas construida por Odriozola, pasó luego a otra propiedad frente al Bar 25 de Mayo, donde había un galpón muy grande, para luego comprar el terreno donde actualmente viven sus hijos. Esto ocurrió en 1926. También a pocos años del criado O´Brien se instalaron dos hombres que fundaban una casa cerealista que tendría larga trayectoria. Fueron ellos MANUEL ZAPATEIRO Y JOSE BEDE, quienes con espíritu emprendedor y laborioso, cimentaron un negocio serio y respetado. Desde sus escritorios dirigieron la vida económica del pueblo y de todos sus alrededores.
Y como era la vida entonces en la vieja enfiteusis de Pereira Lucena...? los campos seguían en manos de gran cantidad de chacareros, quienes trabajan la tierra con los medios precarios que entonces se disponía. La vida era dura y se debía trabajar de sol a sol para que el día rindiera. Se araba a caballo o con bueyes, operación lenta y engorrosa según las variantes meteorológicas. Quienes trabajan la tierra debían levantarse no bien pasada la medianoche para tomar un frugal mate y aprestarse luego a la larga tarea de traer animales al corral y uncirlos a los arados. Y así la salida del sol debía encontrarlos en el lugar donde debía trabajarse la tierra. A medio día se almorzaba y luego de un pequeño descanso y de hacer nueva reunión de los animales, se trabajaba hasta la puesta del sol. Duras faenas que templaron el carácter de unos hombres que habían llegado al país entusiasmados por progresar y que estas tierras americanas colmaron ampliamente su objetivo. Los predios que cada familia laboraba no eran muy grandes; su tamaño pocas veces alcanzaba a mas de  60 hectáreas , extensión que juzgaban suficiente para vivir y defender igualmente el capital de herramientas y animales que aportaban. Cada tanto, el pueblo daba la ocasión de reunirse para algún baile o verbena, fiesta de origen española (no hay que olvidar que muchos de los primeros comerciantes de O´Brien eran de ese origen) en que se realizaban reuniones con baile de disfraces y concursos de poemas y versos.
Por ese entonces el azúcar se vendía en barricas a 10 centavos el kilo. La harina tenia un valor similar, las alpargatas valían 20 centavos el par. La carne era baratísima. Eran los años en que todo almacén se preciara de tal daba la “yapa” a su cliente, que muchas veces contemplaba con ellas sus pedidos. Año de economía tranquila y segura en los que el chacarero pagaba al final de sus cosechas el gasto de todo un año y retiraba los fondos sobrantes de las casas cerealistas cuando lo apremiaba una necesidad urgente. O´Brien se desarrollaba poco a poco, como cobrando fuerzas gracias al empuje  de la importante colonia de agricultores que tenía a sus alrededores. En verano, largas hileras de chatas cargadas con bolsas de cereal, llevaban esas riquezas, fruto del denodado esfuerzo del hombre de campo, a los galpones de ferrocarril que junto a las vías iban atesorándola. Aún tenemos en nuestras memorias el ruido que hacían las ruedas de esos grandes carromatos en la arena suelta junto con el tintineo que alguna yegua madrina hacía con su cencerro.
En las noches diáfanas ese pasar continuo de las chatas, hacia de seguro adormecedor al par que el “dormilón” hacía sentir su canto triste y al mismo tiempo melancólico.