“No has de volver a aquellos lugares a donde fuiste feliz”.
 
Terrible sentencia esta,  que nos prohíbe volver en busca de los buenos tiempos que alguna vez hemos vivido. Movido por el impulso, llame hace unos días a un gran amigo, con el cual no hablaba hacia cuarenta años, si, cuarenta. Yo vivía para aquel entonces en General O’Brien. El pueblo seria para siempre, una de esas pequeñas cosas de las que habla Serrat.  Muchas veces tuve miedo de volver, volví muchas veces a muchos lugares y a veces, la sentencia, se torno real.  Pero ese día hablamos como si el tiempo no hubiera pasado, su voz había cambiado, la mía también y yo, ya no era más, un pibe de ocho. Hable con su hermano, también,  otro querido amigo, su voz estaba igual. Mi amigo, en aquellos años me presto la primera batería que toque en mi vida, la batería de Don Juan, su padre, quien a la hora de la siesta me enseño sobre una tabla, los primeros rudimentos de tambor. Quizás, sin ellos nunca me hubiera animado a la música y quizás nunca pueda agradecerles suficientemente lo que hicieron por un niño de tercero. Pero esta vez volví, y todo estaba igual. Sobre la mesa del comedor reposaba el farol a gas con el cual empezaban las mañanas hasta que la Usina, encendía sus ruidosos motores. Salí a la puerta de casa, el camión regador había pasado recién,  las calles estaban húmedas, listas para que desafiara al viento, mientras pedaleaba en mi bicicleta. La propaladora pasaba el mismo disco de los Iracundos por millonésima vez. Los helados del bar de Marino todavía costaban uno con veinte. En el frontón estallaba una Pulpo negra en medio de un duelo de paletas (con tarugos de aluminio). Don Elvis acomodaba su silla reforzada.  El bar olía a tabaco viejo y a café nuevo. En el estaño, un parroquiano se dormía, mientras su cigarrillo se consumía sin que nadie lo fume. En la iglesia, el campanario nos esperaba para demostrar nuestra hombría. Detrás del altar nos vestíamos de monaguillos y tomábamos el vino que luego, perdonaría a todo el pueblo. En frente de casa, mis amigos ajustaban los rulemanes de los bólidos en los que a la tarde correríamos nuestros grandes premios. En el baldío de la esquina los equipos de un nuevo clásico  se formaban pisando un pan y queso (yo voy al arco). Penal y gol, es gol y no vale puntín. Desde afuera gritaban, ganadora! Nos llamábamos por nombres raros, amarillo, cabeza, loco, colorado. El atrás de la vía, era una aventura. Los Falcón eran nuevos. Las cosechas eran buenas.  El almacén fiaba. El Billiken llegaba los miércoles. La siesta era religión. Hacer amigos, muy fácil.
 El atardecer trajo  la lluvia, lenta y mansa, que limpio todo, purificándonos a todos y que de alguna manera y como siempre nos, dio esperanzas otra vez. Algunas veces,  solo algunas veces, se puede volver.      
 
Benigno Villanueva
 
   
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